Recuerdo de una pesadilla

Joan Brossa creó una escultura “para silbar” al alcalde franquista Josep Maria de Porcioles, uno de los grandes responsables de la especulación urbanística de los años sesenta. Aun siendo un encargo del municipio de Sant Adrià de Besòs, la obra sufrió censura y varias vicisitudes antes de llegar, en 2004, al Museo de Historia de la Inmigración, su ubicación actual.

Foto: Albert Armengol

El antimonumento que Brossa dedicó a Porcioles, instalado desde 2004 en el Museu de la Història de la Immigració de Sant Adrià.
Foto: Albert Armengol

“Porcioles miraba los primeros bloques que se habían construido, miraba la desgracia que él mismo había creado, y lo hacía desde la bandeja, con la cabeza cortada”. Así describe Paco Marín González –profesor de instituto y concejal en la época de los hechos relatados, hoy jubilado– una de las esculturas menos conocidas de Joan Brossa, pero también una de las más reivindicativas e impresionantes. Una obra que denuncia la falta de escrúpulos de la clase dirigente y que hace emerger en una sola imagen la realidad de un barrio que acoge pisos en los que, según Carlos Díaz –compañero de profesión y amigo de Marín, director del Instituto Barri Besòs en aquel tiempo–, “viven hasta veinte personas sin comida, sin luz y sin agua”.

Record d’un malson [Recuerdo de una pesadilla] es la denuncia de un barrio surgido como consecuencia de la gran especulación urbanística que, favorecida por Josep Maria de Porcioles, alcalde de Barcelona durante la oleada migratoria de los años sesenta, afectó a toda el área metropolitana. Esta es la historia protagonizada por dos profesores con infinidad de luchas vecinales en sus espaldas, por uno de los artistas catalanes más reconocidos y por una escultura censurada y secuestrada sucesivamente por la administración pública catalana.

Como en toda historia, hay que ir por partes. El barrio de La Mina forma parte de la ciudad de Sant Adrià de Besòs y limita con Barcelona. Se construyó a principios de la década de los setenta para alojar a chabolistas de Montjuïc, el barrio del Somorrostro, el Camp de la Bota –donde ahora se sitúa el Fórum– o el puente del Treball. Tal como indica Josep Maria Monferrer, activista vecinal y director del Archivo Histórico de La Mina, “durante el mandato de Porcioles se construyeron bloques a toda velocidad y, en unos meses, el barrio, sin equipamientos básicos, como escuelas o semáforos, llegó a tener 15.000 habitantes procedentes de 68 barrios de barracas de Barcelona y de 268 pueblos de España”. Esto supone una densidad demográfica tan elevada en cada uno de los bloques de pisos que forzosamente genera problemas sociales de una magnitud enorme. De modo que el negocio de la droga, los robos, la delincuencia, la violencia entre clanes, la prostitución, el paro, el absentismo escolar, las actividades marginales, las mafias, la pobreza y la falta de salubridad son el pan de cada día para los habitantes de La Mina, el barrio del “chabolismo vertical”.

Hasta hoy han sido varios los “planes de transformación integral iniciados por reivindicación popular con el objeto de intentar revertir la situación; sin embargo, todos han acabado con fines especulativos y los vecinos los consideran una estafa. La Administración mantiene pactos con algunos sectores marginales que se han adueñado del barrio y marcan silencios: gana la Administración, ganan los sectores marginales y la gente calla por miedo. He aquí un “ecosistema” único en el área metropolitana, una situación de alta complejidad en que la falta de alternativas sociales, laborales y económicas engendra un barrio que en vez de viviendas tiene “pisos patera”, y en lugar de habitantes, víctimas de un sistema en que los escrúpulos son un valor difícil de encontrar. Es un callejón sin salida.

Difícilmente esperaba Joan Brossa toparse con un barrio de tales características cuando el alcalde de Sant Adrià le acompañó a conocer el municipio. En 1989, bajo el mandato municipal del PSC, una de las asociaciones culturales del grupo socialista, liderada por Raimon Obiols, organizó una cena con Brossa y el alcalde Antoni Meseguer. De manera informal surgió la petición de que el polifacético artista realizase una escultura para Sant Adrià, para situarla cerca de Barcelona. Brossa aceptó. Cuando visitó La Mina acompañado de Meseguer, se interesó por el origen del barrio; al oír el nombre de Porcioles, exclamó: “Ya sé lo que voy a hacer”. El presupuesto del encargo se debatió en el pleno del Ayuntamiento adrianense; se aprobó y, en 1991, el artista vanguardista, personalidad de izquierdas y muy implicada políticamente, entregó Record d’un malson a la administración municipal para que la colocase en La Mina.

La obra, con unas dimensiones de 89 x 49 x 51 cm, presenta un busto de mármol de Josep Maria de Porcioles –todavía vivo en aquel momento– colocado en una bandeja de bronce sobre una silla de notario, la profesión del ex alcalde. El simbolismo de la pieza, en el contexto espacial que el autor había elegido y con el título que le puso, es extraordinario. Además, remite al espacio bíblico en que la princesa judía Salomé pide al tetrarca Herodes Antipas que le lleven en una bandeja la cabeza de Juan Bautista, personaje que denunciaba la corrupción; esta vez, la cabeza es la del corrupto. Así es el antihomenaje de Joan Brossa al ex alcalde franquista de Barcelona con motivo de la construcción de La Mina.

Secuestros y contrasecuestros

“Ya le avisaremos”. Tales fueron las palabras que oyó Brossa al entregar el encargo al gobierno municipal. Según indica Paco Marín –en aquel momento concejal independiente del PSC y portavoz de la Asamblea de Vecinos de La Mina–, “en el Ayuntamiento se quedan de una pieza: ¿cómo diablos iban a poner en un barrio un monumento en contra de Porcioles, que ya estaba aceptado como un valor catalán?” Entonces, en un contexto de gran agitación política y social  –a punto de celebrarse elecciones municipales, y con episodios como la intifada del Besòs muy presentes– quisieron esconder –¿y olvidar?– Record d’un malson en el sótano del Ayuntamiento.

Cuatro años más tarde, en 1995, Brossa visitó el Ayuntamiento, ahora dirigido por el convergente Jaume Vallès, que encabezaba un gobierno de coalición de Convergència i Unió, Iniciativa per Catalunya, el Partido Popular y el Grup Municipal Independent del Besòs, fuerzas que tres años antes se habían aliado para echar al socialista Meseguer. El artista pidió por el teniente de alcalde de Urbanismo, que era Paco Marín –también elegido concejal en esta legislatura, pero en la lista de Iniciativa–, se interesó por la obra y manifestó su voluntad de exponerla. Marín, que durante el pleno de aprobación del proyecto no lo había apoyado por considerarlo demasiado costoso ante las carencias que sufría el barrio, trasladó a Jaume Vallès la petición de Brossa. ¿La respuesta del alcalde? Que era una ofensa a Porcioles y que Record d’un malson no podía ver la luz.

Ante la negativa, Marín llamó a Brossa y le preguntó dónde querría colocar la obra. El artista y el concejal tomaron la decisión de desafiar a la administración municipal para denunciar el aborto urbanístico del ex alcalde franquista. El primer paso era elegir el lugar más adecuado para exponer-la: un pedestal del parque del Besòs que se había creado de buen principio para acoger el monumento, cuatro años antes, cuando el gobierno municipal había rehusado exponerlo por primera vez.

El segundo paso consistía en hacerse con la pieza. O dicho de otro modo: secuestrar la obra secuestrada. El sábado 10 de junio, Brossa, Marín y la concejala de Cultura, Consuelo Blanca, también de Iniciativa per Catalunya, accedieron al sótano del Ayuntamiento, hurtaron Record d’un malson y la escondieron por partes: el busto y la bandeja, en un domicilio particular; la silla, en una entidad juvenil. Llegados a ese punto, el teniente de alcalde recibió las primeras amenazas de algunas autoridades para forzarlos a dar un paso atrás. Sin embargo, el concejal indica que “la colocación de la obra sería el último acto de aquel gobierno”: el mandato de Jaume Vallès llegaba a sus últimas semanas y Marín no continuaría en el Ayuntamiento.

Y nos situamos así en la fecha clave: el 11 de junio de 1995. Aquella mañana, Paco Marín y su amigo Carlos Díaz recogieron el busto, la bandeja y la silla de sus respectivos escondrijos, recompusieron con ellos la obra y la colocaron sobre el pedestal. Díaz, entre risas, ironiza sobre la situación: “Nosotros hicimos de mano de obra de Brossa, ¡y la cabeza pesaba un huevo! La historia de la humanidad está repleta de bustos en honor y gloria de personajes históricos; en este caso, era para su escarnio público”. Mientras esperaban, en compañía de vecinos del barrio, a que fraguara el cemento, apareció Brossa. La importancia del momento era tan grande para los tres hombres y para la historia de La Mina –y para la libertad de expresión, justo es decirlo– que el autor declinó asistir a una exposición de sus obras en Alemania para poder presenciar cómo Record d’un malson, por fin, hacía la función a la que estaba destinada: en palabras de Marín, “denunciar a quien había creado el dolor de miles de personas y cientos de familias para decenios”.

Foto: Archivo Histórico de la Mina

Manifestación de vecinos de la Mina por la mejora de las condiciones de vida en el barrio, en los años ochenta.
Foto: Archivo Histórico de la Mina

Al día siguiente, concretamente la mañana del 12 de junio, el Instituto Barri Besòs recibió la llamada de dos ex alumnas informando de que la escultura estaba siendo retirada del pedestal. La Policía Local, con presencia del equipo de gobierno de Sant Adrià –incluido el alcalde Vallès–, estaba hendiendo el cemento que unía la pieza con la base. Las autoridades ni tan siquiera dejaron que Marín y Díaz se acercaran. “¡Podrían haberse cargado todo el monumento! Se servían de hachas, picos … Fue un acto vandálico por parte del alcalde y de la misma policía”, afirma el entonces concejal y vecino de La Mina.

El 13 de junio, el día posterior al nuevo secuestro de la pieza, la prensa no dudó en hacerse eco de los hechos, con diferentes sesgos y posiciones. El ABC, por un lado, en un artículo de opinión sin firma y titulado ingeniosamente “De mal busto”, apoyaba que el alcalde adrianense ordenara retirar el busto y calificaba la escultura de “espantajo” y de “agravio a un personaje de la historia barcelonesa” como Porcioles. Además, criticaba a Paco Marín y a Carlos Díaz –sin mencionarlos– asegurando que “eran representantes comunistas que no tenían nada que hacer aquel fin de semana”. Por otra parte, en un artículo de opinión publicado en El Periódico de Catalunya con el título de “El retrato”, Josep M. Cadena defendía que “todo esfuerzo por acallar la expresión libre se convierte en un estímulo de protesta”, pero matizaba que Porcioles no fue tan “nefasto” en comparación con otros políticos de la dictadura.

Del sótano a la biblioteca y el museo

Tras el escándalo, el equipo de gobierno decidió volver a ocultar el poema visual en el sótano, pero, avergonzado, el Ayuntamiento terminó optando por colocarlo en el vestíbulo de la Biblioteca Pública de Sant Adrià. Sin embargo, no se exponía como monumento, sino que se utilizaba para poner propaganda encima. Años después, una asociación de mujeres presentó una queja formal por considerar que las connotaciones violentas de la obra no la hacían adecuada para exponerse en un lugar con tanta afluencia infantil. Entonces la quiso acoger el Museo de Historia de la Inmigración de Cataluña (MhiC). Su directora, Imma Boj, afirma que Record d’un malson les interesaba “porque denuncia el urbanismo desarrollado en el entorno metropolitano a raíz de la afluencia de población migrada y la construcción desordenada y especulativa que impulsó Porcioles”. Record d’un malson se puede ver en este museo desde el año 2004.

La historia demuestra que el arte es un poderoso instrumento de expresión capaz de denunciar los abusos del poder y de movilizar a la ciudadanía. Y es que, en palabras del propio Joan Brossa, “hay esculturas que sirven para aplaudir y otras que sirven para silbar; este último caso es el de Record d’un malson”.

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