No quise ser turista

Para el mundo exterior, los catalanes tienen fama de gente arisca, obsesionada con el trabajo y poco predispuesta a abrirse a un forastero de buen comienzo. Pero incluso huyendo del tópico, son notables las diferencias existentes con la cultura chilena, en que las amistades se consolidan antes de vaciar la primera copa de vino. A los recién llegados del otro lado del océano también les sorprende descubrir una sociedad en que las personas se encuentran más en los espacios públicos que en su casa, y esto último, cuando sucede, no sin previa invitación formal y pactada.

El terrado de la Pedrera de Gaudí en 1982, antes de la rehabilitación del edificio y del alud turístico, cuando sus plantas todavía las ocupaban despachos y viviendas particulares.
Foto: Colita

A principios de los años ochenta, en los aviones que despegaban desde el aeropuerto internacional de Santiago de Chile rumbo a Europa no viajaban solo turistas. A una década del sangriento golpe de estado que había puesto fin al gobierno de Salvador Allende, todavía eran muchos los chilenos que emprendían el largo y duro camino del exilio. Y entre ellos, un importante contingente de jóvenes que, expulsados de las aulas universitarias por su lucha en defensa de la democracia, tenían que cruzar la cordillera de los Andes para poder acabar los estudios, encontrar trabajo o, simplemente, escapar de la represión mortal de la dictadura.

Una de estas razones me hizo cambiar, en setiembre de 1982, la incipiente primavera austral por las postrimerías de un verano español aún con regusto de locura futbolística. El avión de la compañía Spantax me depositó en Madrid, donde entonces se cobijaba una numerosa y solidaria comunidad chilena. Sin embargo, mi camino tenía como destino final Barcelona, una ciudad que ya hacía tiempo que me atraía como un imán irresistible, espoleada por la resonancia dulce y todavía indescifrable de unas canciones que alguien había hecho llegar desde el otro lado del océano. Eran letras interpretadas en una lengua tan seductora como extraña y, por lo tanto, cuando llegó el momento de emprender un viaje que, en aquel momento, no tenía ninguna duda, tenía que ser de ida y vuelta, ya hacía tiempo que la decisión estaba tomada.

Llegué a Barcelona en autocar y de noche. La parte alta de la Diagonal desfiló ante mis ojos curiosos hasta que, a la altura de la que entonces era la plaza de Calvo Sotelo, lo que parecía un rodaje de cine me hizo intuir que esta tenía que ser una ciudad extraordinaria. Poco rato después, este presentimiento se convertiría en certeza cuando los amigos que cálidamente me recogieron me hicieron atravesar una Rambla tan sensual como impúdica. Libertad que en nuestro torturado, oscuro y triste Chile de entonces era imposible de concebir.

La cultura en la calle

Me instalé en una pequeña habitación en lo alto de un edificio señorial de la calle del Rosselló. Desde mi balconcito se avistaba la azotea de La Pedrera, entonces virgen de turistas, y saliendo a la calle, en dos pasos, llegaba a la mítica Puñalada.

Mi desembarco coincidió con las fiestas de la Mercè, que estallaban como un maravilloso desenfreno. Entonces la fiesta todavía pertenecía a los barceloneses y pude vivirla desde dentro, sumergiéndome en aquel desconocido entramado laberíntico de Ciutat Vella y tropezando, esquina tras esquina, con una inesperada explosión de músicas, baile, fuego y magia. ¡CULTURA EN LA CALLE Y AL ALCANCE DE TODOS! Imposible describir el impacto emocional que todo aquello supuso, tanto como difícil me resulta traducir en palabras el sentimiento que me sacudió el alma ante la irrepetible luz de esta ciudad que, a cada paso, parecía decirme: “¡Bienvenida, bienvenida!” Cierto es que la Barcelona de entonces aún no había empezado a “ponerse guapa” y que un gris chapucero uniformaba las fachadas del Eixample. Pero a mí la ciudad me pareció de una luminosidad milagrosa.

Pocos días después, me matriculaba en el programa de doctorado de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma, lo que me permitió entrar en contacto con la comunidad universitaria que había sido mi referente académico cuando cursaba la carrera de periodismo en la Universidad Católica de Chile. Sin embargo, aquellos estudios representaron solo un punto de partida para la que acabaría siendo la gran aventura de mi vida. Un año más tarde, empezaba a escribir en el desaparecido Noticiero Universal, el entrañable Ciero, en el inicio de una trayectoria profesional que se ha prolongado hasta el día de hoy.

El exilio se puede vivir de muchas formas, tantas como circunstancias y personas se ven abocadas a esta terrible experiencia. Se puede abordar incluso desde el rechazo más absoluto a la cultura que te acoge, como una especie de grito visceral ante la tragedia impuesta. Tengo referencias de un chileno, exiliado en la URSS, que nunca quiso aprender ruso. “¿Por qué tengo que hacerlo –me han dicho que decía– si yo lo único que quiero es volver a mi país?” Actitudes en el fondo no muy distantes a esta las vi en otros chilenos que entonces vivían en Barcelona; compatriotas empapados de una nostalgia profunda por la patria lejana, reproducida cotidianamente de tantas maneras diferentes. Yo, en cambio, quise conocer desde dentro, y sin ninguna mochila a la espalda, esta nueva tierra.

Naturalmente, el proceso no fue nada fácil. Para el mundo exterior, los catalanes tienen fama –y con esta información previa había llegado yo– de gente oscura y arisca, obsesionados con el trabajo y poco predispuestos a ofrecerte su amistad desde el principio. Y a pesar de querer escapar del tópico, las diferencias con mi cultura, en la que las amistades se consolidan antes de vaciar la primera copa de vino, eran notables. Me sorprendió, de entrada, descubrir una sociedad en la que la gente se encontraba más en los espacios públicos que en su casa, y que esto último solo se producía previa invitación formal y pactada; todo lo contrario a aquel permanente e imprevisible desfile de amigos y parientes al que yo estaba acostumbrada.

La Rambla durante el invierno de 1988.
Foto: Colita

Me sorprendía, también, la puntualidad de las citas, la formalidad de las promesas, la buena educación de la gente que se saludaba al subir y bajar de un ascensor, su sentido de la responsabilidad y el deber, el respeto a los demás y a su intimidad, la pulcritud (¡para mí!) de las calles, el civismo de los ciudadanos al pedir turno para ser atendidos o al marcar su billete de autobús sin que nadie los controlara… Y sobre todo, aquella –desgraciadamente hoy perdida– sensación de seguridad cuando paseabas por la calle.

“En esta ciudad te puedes sentar a charlar con alguien en un bar y dejar tu bolso al lado sin miedo, porque nadie te lo quitará”, le expliqué a mi familia en una carta. Naturalmente, aquella era la Barcelona de los ochenta. Una Barcelona preolímpica, estéticamente menos bella quizás, pero más auténtica. Una Barcelona hoy desaparecida, implacablemente engullida por un turismo de masas que ahora invade sus calles sin ver nada.

Conquistar la lengua 

Yo tuve el inmenso privilegio de no haber sido nunca turista. La mía fue una inmersión total y profunda en la  sociedad catalana. Y como tal, mi primera obsesión fue conquistar la lengua. Entonces el catalán acababa de emprender el arduo camino hacia su normalización. No todo el mundo lo hablaba correctamente. Y escribirlo, aún menos. Y tal circunstancia, de algún modo, ayudó a que mi proceso de aprendizaje, espontáneo y autodidacta, no resultara nada difícil. Adquirir la nueva habla fue una ganancia en todos los sentidos. De entrada, cambió mi manera de relacionarme con la gente, dotándola de una calidez y de una complicidad nueva. Naturalmente, me permitió ampliar mi patrimonio cultural, pero, por encima de todo, me ayudó a entender mejor el espíritu de un pueblo que, si bien tardaba en concederte su amistad –otro tópico en el que me gusta creer–, cuando lo hacía era con un sentimiento sincero y perdurable.

Ahora, más de treinta años después, puedo decir que me siento más de aquí que de allá. Incluso me sorprende cuando todavía alguien me pregunta de dónde soy. Sigo respondiendo que chilena, pero, a pesar de llevar mi tierra natal muy adentro, hace muchos años que rompí el billete de vuelta. Y esta decisión, no siempre fácil y sencilla, a momentos incluso dolorosa, ha comportado para mí un compromiso y un deber. Compromiso de conocimiento y respeto hacia la tierra que he hecho mía y, al mismo tiempo, deber de contribuir a su enriquecimiento tanto como me ha sido posible. Y, francamente, creo que como periodista puedo ir cumpliendo, cotidianamente, estos dos propósitos. Todo un privilegio.

Ana María Dávila

Periodista

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