Las siete edades de Barcelona

Es como una red de espacios de capas superpuestas, muchas de las cuales se han perdido y otras se han transformado sin remedio, mientras que a algunas solo se puede acceder desde inciertos recuerdos o fotografías aún menos fiables.

© Elisenda Llonch

“El fin del postrer acto,

con que remata la azarosa historia

es la segunda infancia, un puro olvido,

Do dientes, ojos, gusto y todo falta”.

Del soliloquio conocido como “Las siete edades del hombre”, de la obra Como gustéis, de William Shakespeare. Traducción castellana de Jaime Clark.

Tengo una imagen grabada de mi niñez en la que se ve a dos niñas vestidas con dos monos iguales de color morado y acampanados, cogidas de la mano de su madre, de aspecto bastante hipster y vestida con unos tejanos también de campana, y como fondo una plaza de Catalunya rebosante de colores chillones (casi en tecnicolor, de tanta sobreexposición). ¿Qué año sería? ¿1976, 1977? Por los colores tiendo a pensar que fue después de Franco, pero quizá solo inmediatamente después. Aun así, lo que me resulta más extraño de todo, mirándolo retrospectivamente (como pasa con tantas otras fotografías de mis visitas de niñez a Barcelona, tomadas en largos paseos por la Gran Via, la Rambla y también la calle de Urgell), es la sensación de espacio abierto en torno nuestro, un espacio prácticamente inimaginable hoy en el centro de Barcelona en un día claro, ni en esta plaza reformada o renovada (ahora un poco más gris y menos atrayente) ni en ninguna de las otras vías de la ciudad convertidas en zonas peatonales. Recuerdo también con cariño la Rambla y las tardes en que paseaba por sus ruidosas paradas, coloridas e inevitablemente atractivas, o sentada con mis abuelos, por unas pesetas, en las filas dobles de sillas que se colocaban casi arriba del todo para contemplar el espectáculo del mundo deambulando ante nosotros con sus mejores galas de tarde. Esos placeres rituales, repetitivos, han permanecido en mi memoria con mucha más insistencia que la primera vez que vi cualquiera de los edificios, monumentos o lugares turísticos emblemáticos de Barcelona, exceptuando quizá los mágicos paisajes del Park Güell y los jardines de Montjuïc, que en años posteriores se convertirían en escenario de divertidas escapadas.

Claro que los libros de historia, los de memorias y muchas de las notables novelas catalanas se han encargado de explicarme que esos mismos años estuvieron marcados por días vertiginosos de marchas históricas y campañas a favor de la democracia, pero hoy ya no conservo ni el más remoto recuerdo personal de todas ellas. En cuanto al contexto sociocultural, lo que sí recuerdo de mis años pre­adolescentes es la Ruperta fantasma del Un, dos, tres, fragmentos del programa nocturno de Àngel Casas, que apenas podíamos ver porque nos enviaban corriendo a la cama, a mi abuela cantando que era una “yaya yeyé”, y a mí misma, obligada a interpretar Kisses for me para divertir, moderadamente, a mi extensa familia.

Barcelona a través de los ojos de una niña. Sin indicio alguno de esos efímeros paisajes bucólicos donde se refugiaban, quizá de forma demasiado idealizada, las infancias inglesas o irlandesas, pero repleta de esos suelos embaldosados y con grabados que solíamos recorrer, de parterres y aceras por los que saltábamos, y de puertas y umbrales oscuros donde nos escondíamos (lugares curiosos e irregulares por donde más tarde vería a mis hijos subir, saltar y tropezar y que, para tantos visitantes actuales, llenan la ciudad de encanto). Porque, a pesar de la reciente alarma generada por las gamberradas en lugares turísticos y por sospechosas redes urbanas criminales, para el visitante esporádico y para muchas familias irlandesas Barcelona sigue siendo una ciudad ideal para ir con niños, con multitud de playas, parques y bares, restaurantes, mercados y museos acogedores para los más pequeños. Si bien es cierto que hay algunas zonas a las que es mejor no ir, también hay otras que ofrecen todo tipo de aventuras. Esta primavera he acompañado a mi hija de ocho años y a su preciada pero efímera posesión, una “Superpatata” hecha a mano, y he disfrutado tanto de su incoherente selección (aunque enormemente sugerente para mí) de lugares memorables en un recorrido relámpago, como de las reacciones de tenderos, comerciantes y camareros: “¡Qué patata tan chula! ¿Cómo se llama? ¿Y cómo le va? ¿Y qué se cuenta la señora patata?”

Ahora me ha venido a la mente otro recuerdo, gracias a las imágenes tomadas por la bailarina y coreógrafa Àngels Margarit para el estudio sobre los flujos urbanos de Barcelona que forma parte del proyecto URBS. Los diarios en vídeo filmados por Núria Font muestran la negociación diaria que mantienen personas de distintos entornos sociales, culturales y generacionales con el cambiante paisaje urbano. Me conmovió especialmente ver una imagen de la plaza de la Universitat del siglo xxi, con su suelo de cemento y unos bancos bajos de piedra, que ha terminado siendo plenamente funcional para los skaters que transitan zumbando y traqueteando por las actuales plazas públicas de diseño. Hace tan solo una década este paisaje estaba poblado de árboles, hierba y bancos de madera, y lo frecuentaban pensionistas de movimientos lentos, como mis abuelos, que lo ocupaban para charlar con otras parejas de gente mayor sobre debilidades familiares, escándalos vecinales o el precio de la leche. Es la Barcelona de la sexta edad, que ahora ha quedado apartada de la vista. Y esta yuxtaposición me hace pensar en una red de espacios de capas superpuestas, muchas de las cuales se han perdido y otras se han transformado irremediablemente, mientras que a alguna solo se puede acceder a través de inciertos recuerdos o de fotografías aún menos fiables en las que la realidad parece esconderse fuera del marco; un palimpsesto urbano realizado, de forma reveladora, sobre material de películas y documentales y también a través de relatos que intentan preservar una capa de ese paisaje justamente cuando está en pleno proceso de ser borrada (como los de Rodoreda, Tusquets, Marçal). Si seguimos su estela, observamos y escuchamos rastros de una ciudad diferente, de una ciudad en traslado, entre idiomas, entre edades, entre mundos.

Hace relativamente poco leí una historia de la escritora mexicano-catalana exiliada Maruxa Vilalta, escrita después de su primer regreso a Barcelona, de visita, siendo una adolescente, en el año 1949-50. Ambientada en Barcelona, en ella aparecen las calles, las plazas y los monumentos más representativos de la ciudad, incluida la calle donde había nacido la propia Vilalta (Muntaner), así como otros símbolos culturales relacionados con la niñez. Un día loco (1958) desprende un aura de nostalgia en la que se difuminan las fronteras entre el pasado y el presente, entre la realidad y la imaginación, y explora los efectos que tiene ese umbral intermedio sobre la constitución de la persona. En este relato, la narradora/protagonista adolescente adopta y habita varias subjetividades, entre ellas la del turista:

“La noble Barcelona sí, ella sí, ella estaba allí, señorial y buena. Pero yo no me daba cuenta. Creía que no me pertenecía. Me sentía sin derecho a ensuciarla.

“El embarcadero. Al pie de la columna, héroes y banderas. La plaza de Macià, con latigazos de palmeras. Las pacientes iglesias, piedra sobre piedra. Los jardines de Montjuïc. Arte. ¡Más arte! El Arco de Triunfo. La estación de Francia. Así, todo cerca y todo lejos. Todo mezclado. Todo lejos de turistas y de palomas, soldados y criadas, niños color de rosa, tipos locos y orondos burgueses. Calor y frío. Luz y sombra. Necios y listos. Malos y buenos… ¿Cuál de todas esas personas era yo?”1

Entre esta caótica serie de lugares, visiones y sensaciones que nos presenta la narradora, hay uno que, seguramente, superaba los conocimientos de cualquier turista auténtico: la plaza de Macià, así llamada solo entre 1931 y 1939. Por el tiempo de la visita de Vilalta ya volvía a llevar su nombre histórico y también actual, Real o Reial. Enterrada bajo esta historia, por lo tanto, encontramos la tragedia de la Barcelona republicana y catalanista, oculta tras una referencia que solo puede ser reconocible si estamos dispuestos a compartir la misma lengua y la misma visión de la historia. Al evocar señales, lugares y objetos perdidos, surge una preocupación por la convivencia y la preservación de distintas temporalidades en el espacio presente.

 

Nota de la redacción

1. El original inglés del artículo reproducía un fragmento de la versión catalana de la obra de Maruxa Vilalta, El meu dia foll. Ofrecemos aquí nuestra propia traducción al castellano, pues no hemos podido consultar el original de Un día loco.

Helena Buffery

Departamento de Estudios Españoles, Portugueses y Latinoamericanos. Universidad de Cork

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