La ciudad donde todo el mundo se da besos al encontrarse

El colectivo chino no se adapta fácilmente a las costumbres catalanas, pero la economía favorece la integración. Compartimos una característica: el espíritu emprendedor. Wen y Jenny, de visita entre nosotros, creen que el dicho “Barcelona és bona si la bossa sona” (“Barcelona es buena si la bolsa suena”) podría ser perfectamente uno de aquellos antiguos y sabios proverbios chinos.

© Albert Armengol
Turistas chinos en el Museu del Barça.

Cada vez uso menos Facebook. La censura china no lo pone fácil. Pero el otro día, cuando lo abrí para colgar unos artículos, me encontré con un mensaje de una vieja amistad. Era Sun Wen, quien desde Hong Kong me preguntaba si a mediados de septiembre estaría en Barcelona. Estaba de suerte. Por la Diada y durante tres semanas dejaría mi exilio oriental para volver a casa. ¡Cuántas ganas!

Wen primero me habló de su hotel junto a la Rambla de Catalunya. Quería saber si aquella era una buena zona para ir de compras con su compañera de trabajo. Le contesté que tenía el paseo de Gràcia a dos pasos y que seguro que quedarían entusiasmadas bajando hasta la plaza de Catalunya mirando escaparates. Después, animada y haciendo uso de la confianza que nos teníamos cuando los dos vivíamos en Pekín, me dijo si tendría tiempo para enseñarle la ciudad. No pude negarme. Me encanta presumir de Barcelona cuando estoy en el extranjero, pero mostrarla y ver la reacción de los visitantes siempre es un placer.

Entonces le pregunté exactamente qué quería hacer en la capital de Cataluña. En otras palabras, qué significaba para ella la palabra Barcelona. El ruidito de “mensaje nuevo” se revolucionó. Diseño. Buena comida. Ciudad rebosante de colores. Productos de cuero. La playa. Los Juegos Olímpicos… Yo no recordaba haberle hablado del cuero o del diseño (sí de la playa y la comida), de modo que quise saber cómo había adquirido aquellos nuevos conocimientos sobre Barcelona. “Es lo que he leído en las revistas y lo que dicen por la tele”, aseguró. Debo reconocer que estaba francamente sorprendido. En China se habla de Barcelona mucho más de lo que me había imaginado.

© Albert Armengol
La cervecería Menta,Fresa y Chocolate, de Diputació/Bailèn.

Más allá de los tópicos

Las opiniones de Wen me resultaron chocantes. Normalmente, cuando estás en China y dices “Barcelona”, lo primero que aparece son los tópicos. Hace unos años eran los toros y el fútbol. Ahora el deporte rey acapara casi todo el terreno. A ver, si he de ser sincero, gran parte de los chinos solo conocen estos clichés al principio. No les culpo. Si pregunto a un barcelonés qué sabe de Shangai, me encuentro muchas caras de póker. Todos han visto la postal con el skyline de Pudong; pero, ¿qué saben realmente los barceloneses de una ciudad que ni tan solo es la capital de China? Más bien poco. ¡Casi nadie sabe que Shangai y Barcelona están incluso hermanadas!

Pero, como decía, el fútbol y sobre todo los éxitos del Barça han sido un escaparate muy importante para la ciudad de Barcelona en China. Para poner un ejemplo: en Pekín hay una peña azulgrana y una web montada por chinos en la que se comparten opiniones, reflexiones y comentarios sobre su equipo preferido. Estos pekineses no disfrutan de su afición al fútbol en solitario. Les gusta reunirse con “los otros”. Con los catalanes. Es a través del deporte y el contacto con nosotros, los exiliados, como se interesan cada vez más por la ciudad y el país que ha visto nacer el Barça. Lo que empieza con la ilusión de disfrutar de los goles de Messi acaba con las ganas de ir a Barcelona a visitar, obviamente, el Camp Nou, pero también la Sagrada Família, el Parc Güell, la zona olímpica, la Rambla… Pasados unos meses, aquel municipio que para ellos solo significaba un equipo de fútbol les resulta ahora casi familiar.

En uno de estos encuentros chino-catalanes estuve hablando un rato con Xiao Shan, la mujer de un amigo mío residente en Pekín. “Yo tengo claro que quiero que nuestro hijo nazca y crezca en Barcelona”, afirmó sin dudar. Xiao Shan ya ha estado tres veces en casa de Xavi y no oculta su amor por el piso de su suegra en la Barceloneta. Haciendo de abogado del diablo le dije que Pekín era mucho más grande e interesante. Barcelona, al fin y al cabo, cabría entera en un barrio de los pequeños de la capital de China. Pero no la convencía. “Allí la comida y el sistema sanitario son mejores”, dice, segura de sí misma. Y añade que, pese a que los barceloneses siempre se quejan, la suya es una ciudad limpia y sin contaminación. Señala el cielo gris de polución y dice: “Mira, esto en Barcelona no lo he visto nunca”. A los chinos se les cae la baba con el azul del cielo catalán. Ella juega con ventaja. Ya ha puesto los pies en el otro lado y conoce las virtudes de la ciudad de su marido.

Entonces vuelvo a pensar en Sun Wen y sus impresiones sobre la ciudad, y le pregunto a Xiao Shan qué sabía ella de Barcelona antes de conocer a Xavi. Adopta una actitud pensativa. “¡Ah, ya me acuerdo! Una tía mía fue para los Juegos Olímpicos y me dijo que en Barcelona todo el mundo se da besos cada vez que se encuentra”, dice sonriente. Claro, en China eso de saludarse con dos besos no se lleva nada. Más de una vez me he encontrado en una situación incómoda dando dos besos a una chica que no sabe muy bien cómo interpretarlos. Ahora Xiao Shan ya se ha acostumbrado a los dos besos y parece que tiene ganas de acostumbrarse también a vivir en una ciudad en la que los niños conviven con perros grandes y no tienen tantos deberes como los chinos después del colegio; dos aspectos más que llaman la atención a esta china del norte.

Los chinos en Barcelona

© Albert Armengol
Anuncio de la central de mayoristas Merca China Internacional, a la entrada de Badalona des de Sant Adrià.

Cuando Wen y Jenny, su compañera de trabajo, llegaron, experimentaron sensaciones que no esperaban. Hacía mejor tiempo que en Hong Kong y la gente no hablaba tanto inglés como se esperaban. Un día, saboreando unas tapas por Sants, se dieron cuenta de que el bar en que se encontraban estaba regentado por chinos. Tras haber dado buena cuenta de las croquetas y el pan con tomate, se quedaron sorprendidas al ver que aquel aperitivo lo habían preparado unos compatriotas suyos. Les dije que, sin tener un China Town con nombre propio como el de Londres, en Barcelona había bastante actividad china. Cuando la demanda dejó de recomendar abrir restaurantes de cocina asiática, los chinos se lanzaron sin miedo a adquirir locales de restauración sin modificar nada de lo que había en ellos. Los buñuelos, los calamares y las patatas bravas son los mismos que preparaban los antiguos propietarios. Lo único que ha cambiado es que la persona que gobierna los fogones ahora tiene los ojos rasgados.

Pese a que el chino no es uno de los colectivos que más rápido se ha adaptado a las costumbres catalanas, la economía ha hecho mucho por la integración. Y es que los chinos y los catalanes compartimos una característica: el espíritu emprendedor. Mientras se beben una Estrella a tragos cortos les explico el dicho de “Barcelona és bona si la bossa sona” (“Barcelona es buena si la bolsa suena”). Se ríen y encuentran que la máxima podría ser tranquilamente uno de aquellos antiguos proverbios chinos que llevan tanta sabiduría a sus espaldas.

Antes de despedirnos les pregunto qué les ha gustado más de Barcelona, ahora que ya la han visto con sus propios ojos. Jenny destaca la comida. Si conociera la expresión, me diría que se ha puesto las botas picando aquí y allí y probando desde alcachofas rebozadas hasta anchoas de L’Escala. Wen destaca la arquitectura. “Me encantan los edificios. No solo los de Gaudí. En cada calle me quedo encantada mirando hacia arriba.”

Después de una semana de trabajo y turismo han vuelto a China. Me vuelvo a conectar a Facebook con desgana y veo que han colgado un montón de fotos. Los comentarios demuestran que son la envidia del grupo. De repente todas sus amigas quieren venir a Barcelona.

Joan Ramon Armadàs

Periodista

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