Carta desde la Serenissima

Venecia es un pueblo cosmopolita con una dimensión estética notable. Barcelona es una ciudad mediterránea, solar, que en poco tiempo se ha transformado urbanísticamente. De ahí que la reacción entusiasta de los italianos cuando oyen el nombre de la ciudad sea unánime: “Bellissima!

© Camilla de Maffei
Panorámica del puerto. Los italianos sienten una profunda envidia por el dinamismo de la ciudad y las reformas urbanísticas propiciadas por los ayuntamientos democráticos.

Hace muchos años, cuando vivía en EEUU, me preguntaron aquello de “Where are you from?”. Al contestar “from Barcelona”, la chica se me quedó mirando y con un notable aire de sorpresa me dijo: “What are you doing here?”. Debió de ser el año 1998. Estaba en Wellesley, un pueblecito en las afueras de Boston, que no es la peor ciudad –solo provincianamente esnob– de aquel país. La pregunta manifestaba la sorpresa de alguien que no entendía cómo podía vivir tan lejos de la maravillosa, prodigiosa, excitante (en el sentido inglés) y atractiva ciudad de sus sueños. Pocos años antes –antes de 1992–, la chica me habría preguntado si era mexicano.

Como es sabido, existe una transformación fundamental en la percepción en el extranjero de Barcelona antes y después de los Juegos Olímpicos y la subsiguiente transformación en destino turístico mundial. Las imágenes de los saltos de trampolín con el fondo de la ciudad, a pesar de la calina evidente, las espectaculares imágenes de los atletas en acción, fueron la mejor publicidad durante muchos años. Y que todavía dura, a pesar de la otra fama que la ciudad se ha ganado a pulso en las clasificaciones turísticas sin que parezca preocupar mucho a las autoridades competentes: capital mundial de los chorizos o pickpockets.

Aquel año 1992, la cantidad de programas de televisión, libros, números especiales de revistas (¡las de gastronomía, dedicadas a las tapas! [sic]) hicieron mucho para atraer miradas hacia una ciudad hasta entonces fuera de los radares de los viajeros internacionales. No fue la primera vez ni la última que me plantearon aquella pregunta. El infomercial (documental publicitario) de Woody Allen añadió más razones de atracción y fomentó el espejismo de exotismo para los forasteros que querían visitar Barcelona. El interés creciente se convirtió también en cursos sobre Barcelona y la modernidad que muchos colegas y yo hemos enseñado, despertando siempre un gran interés, promocionando turistas un poco más cultos y haciendo subir el número de inscritos, que es la preocupación máxima de los decanos y directores de departamento en el sistema educativo norteamericano, regido por las leyes inexorables de la oferta y la demanda.

El antes de 1992 es bastante conocido. Era una ciudad gris que intentaban evitar los turistas que pasaban unos días en Lloret o Salou. La mejor imagen de aquellos tiempos la vi –sé que no lo he soñado– en un cortometraje en el Publi o en el Alexis, los cines que entonces controlaban las pantallas de arte y ensayo. Debió de ser el año 1971. Era de Els Joglars y presentaba irónicamente las actividades que un turista podía llevar a cabo en la Barcelona del momento. Recuerdo dos: un submarinista emergía de la tapa de una alcantarilla de la calle de Pelai y miraba en torno con sorpresa de los peatones, y un grupo de turistas iban de picnic a la montaña de Montcada, junto a la fábrica Asland. Parajes absurdos para actividades normalísimas en otras regiones. Nadie –solo Carles Soldevila, que en 1929 se ingenió una original guía, L’art d’ensenyar Barcelona– podía sospechar entonces lo que pasaría veinte años después.

© Camilla de Maffei
Nuevas construcciones en la zona de la plaza de Les Glòries y la Diagonal, con el edificio DHUB a la izquierda y la torre Agbar detrás de él.

Ahora he cambiado de música. Menos jazz y más Vivaldi y canciones de gondoleros. En Italia todo el mundo admira Barcelona y sabe que es la ciudad preferida de miles de italianos (¿50.000?) para exiliarse, huyendo de Berlusconi y la política mafiosa que apesta a derecha e izquierda. Los barceloneses italianos tienen incluso una asociación muy activa, Altraitalia (www.altraitaliabcn.org/ca), con un lema combativo: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Muchos luchan contra la degradación moral, social y política de Italia. Desolados, comprueban cómo las televisiones locales en el país de acogida, privadas y públicas, se parecen cada vez más a la telebasura típica de las italianas. Son propiedad del magnate corrupto e imputado, o las públicas imitan el modelo para sobrevivir en un mercado de tiburones tras la despótica cuota de pantalla. Es impresionante la lista de los amigos venecianos que tienen algún hijo emigrado en Barcelona.

Los italianos descubrieron España en el año 1982, con unas imágenes emocionantes del presidente Pertini abrazando al rey cada vez que Italia metía un gol en la final del Mundial. Un tópico dice que los italianos y los españoles/catalanes se parecen mucho. Nada más lejos de la verdad. Son unos buenos primos –podríamos decir– valencianos. Pero de familias alejadas. Solo puedo entender el dialecto del Piamonte (pura lengua de oc) o el veneciano, que, por una serie de carambolas, conserva muchas palabras y sonidos parecidos. Los italianos-venecianos tienen algunas imágenes de Barcelona que lo único que consiguen es pagar el peaje a los ritos de la españolada: les entusiasma la gastronomía (el kamón pata negra); muchos son tifosi, entusiastas del Barça además de algún equipo italiano, y los más jóvenes sueñan con, o recuerdan, las noches de la movida (inútil intentar explicarles el sentido del nombre) barcelonesa. Los que se consideran connaisseurs pronuncian el nombre de la ciudad con una larga ese.

Venecia y Barcelona se parecen en muchas cosas, pero son también muy diferentes. Venecia es un pueblo cosmopolita con una dimensión y conciencia estética notable. El festival de cine, la Biennale, la sitúa regularmente en el centro del mundo cultural internacional. Barcelona es una ciudad mediterránea, solar, que en poco tiempo se ha transformado urbanísticamente. Por eso la reacción entusiasta de los italianos cuando oyen el nombre de la ciudad es unánime: “Bellissima!” A menudo olvidamos que, por latitud, Venecia es una ciudad del norte, con un clima frío, lluvias y nieblas.

Dos cosas las unen: la ópera y el turismo. La Fenice (1996) y el Liceu (1994) fueron teatros de ópera destruidos por el fuego de una manera que nunca se ha aclarado completamente. Los aficionados de ambas ciudades constituyen grupos de gente sofisticada, verdaderos apasionados por el bel canto, de alta cultura operística, con potentes asociaciones de amigos del Liceu o la Fenice. En temporada alta, la invasión turística es acaparadora en ambas ciudades. Barcelona resiste mejor porque tiene más espacio y si no te mueves por el centro, Raval, barrio Gòtic, no te das casi cuenta de la presencia masiva de forasteros. Allí, como aquí, las tiendas más lujosas tienen desde hace unos años personal ruso para atender a los visitantes de la Federación Rusa. En Venecia viven solo 57.000 habitantes y la media de pernoctaciones turísticas es de 65.000 cada noche. Más que los habitantes de la ciudad. Algunos amigos sociólogos urbanistas consideran que son técnicamente habitantes de derecho y tienen que pagar tasas como cualquier otro.

Venecia recibe cada año más de 23 millones de visitantes. La reacción contra el turista es mucho más encarnizada que en Barcelona, porque los habitantes se dan cuenta de que está en juego la fragilidad de un tejido urbano delicadísimo y, en los callejones estrechos, la impertinencia del turista no facilita la convivencia. ¿Y el soberanismo? ¿Se habla de él? También. Claro que en Venecia no lo entienden mucho. Porque el discurso soberanista en su magín se parece demasiado al de la Liga Norte, grupo xenófobo impresentable. Regularmente me toca hacer pedagogía para explicarles las fundamentales diferencias entre las dos reivindicaciones.

Pregunto por Barcelona a una amiga artista del Alto Adige (Tirol del Sur) que vive entre Venecia y Nueva York. Respuesta contundente: “Decididamente posmoderna. Design, design, design. Por eso no es contemporánea”. Pero todos los italianos sienten una profunda envidia por el dinamismo de la ciudad de Barcelona y las transformaciones urbanísticas que se han producido con los ayuntamientos democráticos. Otra amiga que trabajaba en la asociación municipal Centro Internazionale Città d’Acqua, ahora cerrada por los recortes, me dice que las posibilidades del Arsenale son inmensas y que haría palidecer el Moll de la Fusta y las playas (la del Lido es sensacional) urbanas barcelonesas. Pero los italianos –se lamenta–, sin una tradición de estado fuerte, no tienen la capacidad de hacer trabajo di squadra. Comparado con el sistema italiano, tan barrocamente buRRocrático, el nuestro parece sueco.

Con la edad sufrimos más del síndrome ptolomeico y nos gustaría pensar que somos el centro del universo. Y movernos poco. Después de años de navegar por el mundo, con pendolarismi (trayectos) transoceánicos, ahora Barcelona está mucho más cerca, la siento como un barrio de esta Europa imposible que soñamos con construir. La aviación de bajo coste (y de más baja comodidad) me la acerca y me hace pensar que todo es más próximo. Quizás tendríamos que decir el Mediterráneo. Una vez, un amigo norteamericano vio la pegatina de la CAT con la bandera europea encima que tenía en el coche y me dijo: “Me gustan las utopías”.

Enric Bou

Departamento de Estudios Lingüísticos y Culturales Comparados. Universidad Ca’ Foscari. Venecia

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