A la orilla del mar (evocación neoyorquina)

El centro de Manhattan ya es una ciudad de atrezo. El Raval, un barrio en destrucción. De tanto ponerse guapa, Barcelona corre el mismo peligro que Nueva York. Puede llegar a perder su personalidad provinciana a fuerza de querer ser capital y metrópolis.

© Bettmann / Corbis
Una familia de inmigrantes contemplando el panorama urbano de Nueva York desde la isla de Ellis, el 13 de agosto de 1925, tras pasar los rígidos exámenes de las autoridades estadounidenses y mientras esperaban el transbordador que los había de llevar a la ciudad.

Hay que vivir a la orilla del mar. Para sentirla cerca. Para “intuirla”. La ciudad y la isla, cara a cara, a ambos lados del mar. Crecí en Barcelona como un injerto isleño. Hijo y hermano de mallorquines, mis memorias de la isla, acumuladas verano tras verano, son como una proyección de diapositivas de la destrucción del entorno y el aniquilamiento de una cultura que era la de mis padres, mis abuelos y mis antepasados.

Un proceso conocido mundialmente como balearización y que debería avergonzar a los orgullosos defensores de lo nostro. “Tota la meva vida es lliga a tu, / com en la nit les flames a la fosca” [Toda mi vida se liga a ti, / como en la noche las llamas a la oscuridad], escribió Bartomeu Rosselló-Pòrcel evocando Mallorca desde Cataluña, durante la Guerra Civil. Son unos versos justamente famosos y efectivos, incluso cuando, apagadas las llamas, solo nos queda la oscuridad.

En Barcelona sentía Mallorca, la sentimos, a la orilla del mar. En el pailebote Santa Eulàlia, mi abuelo (que era marinero y sí, efectivamente, fue a Cuba, tal como cuenta la famosa habanera de Ortega Monasterio, El meu avi) iba y venía de Mallorca a la península. Bellamente restaurada, esta nave de 1918 hace años que se encuentra atracada en el Moll de la Fusta y trae repetidamente a Barcelona a los Reyes de Oriente. En la edad en que es posible, al menos una vez al año, materializar los deseos y hacer reales los sueños, estos vienen de mar adentro y se nos hacen presentes al llegar a la costa y tocar tierra.

Sentir Barcelona desde el otro lado del mar también evoca sentimientos contradictorios. En Mallorca, cuando todavía no se escuchaba TV3, huía del chava como de la peste: oír el más ligero deje barcelonés era el anuncio del fin del verano, de la siempre traumática vuelta al cole que anunciaba El Corte Inglés, de la oscuridad sin llamas. Poco a poco las cosas fueron cambiando. A las orillas del río Clyde, en Glasgow, la ciudad de las gaviotas, viví durante unos meses el orgullo de ser barcelonés tras el éxito de los Juegos Olímpicos, unos juegos en los que obviamente no había competido y en los que ni siquiera había colaborado como voluntario, pero que de algún modo hice míos como una medalla para mí y para muchos barceloneses. Al mismo tiempo que me familiarizaba con el emergente nacionalismo escocés y para ahorrarme explicaciones, descubrí que no necesitaba presentarme como catalán ni como español, sino que bastaba con decir que era de Barcelona, y que aquella ciudad había recuperado definitivamente su categoría de metrópolis mediterránea y que se había convertido, en sí misma, en patria.

 Cada tierra hace su guerra

Las comparaciones son odiosas. Barcelona es y será una metrópolis, pero Barcelona no es Nueva York. Barcelona y Nueva York juegan en ligas diferentes. Con sus casi nueve millones de habitantes, en Nueva York vive más gente que en el país del que Barcelona podría ser capital. De hecho, dicen que Nueva York, patria en sí misma, es el país más próximo a los Estados Unidos.

Si a la orilla del mar, en Barcelona, intuimos la proximidad de Mallorca, durante décadas la isla que acechaba a Manhattan era Ellis Island, que venía a ser como el mundo entero. Desde el siglo xix y hasta mediados del xx fue el centro de acogida y un verdadero campo de concentración donde se dejaba en cuarentena a los emigrantes que esperaban entrar en la ciudad y en el país. Convertida, desde hace décadas, en museo, la isla de Ellis documenta y da testimonio de las consiguientes oleadas de inmigrantes que fueron formando esta ciudad de ciudades que es Nueva York.

Buscar Barcelona en Nueva York, sin embargo, es una tarea absurda. En Hell’s Kitchen hay un Barcelona Bar donde ofrecen chupitos Barcelona-style, cosa que todavía no he tenido la curiosidad de averiguar qué significa. En el Upper East Side, un elegante restaurante italiano llamado Quattro Gatti se inspira obviamente en el local modernista barcelonés. Si a primera vista el West Village y Chelsea no tienen nada que envidiar al Gaixample, no comparemos el Chelsea Market con el mercado de La Boquería: cada tierra hace su guerra.

No me interesan las evocaciones turísticas ni las comparaciones forzadas: toda capital debe tener algo de provinciana. Las tabernas mediterráneas de Nueva York están en Astoria, Queens, barrio griego por excelencia, donde me siento como en casa, aunque it’s all Greek to me. Coney Island etimológicamente quiere decir Conejera: aunque no es, a pesar del nombre, una isla, queda ciertamente a la orilla del mar. La playa popular de Nueva York tiene algo del encanto, tan vulgar como delicioso, de la Barceloneta. No hay top-less ni, desgraciadamente, zona nudista (y cabe decir que a Nueva York no le vendría mal una pizca más de hedonismo mediterráneo), pero entre la juventud que pasea por la arena veo a dos latinos con camisetas del Barça y, adentrándome por las calles de Brighton Beach, descubro una taberna rusa que, por el ambiente y el pescado a la plancha que me ofrecen, es lo más parecido que se puede encontrar en este barrio a Can Ganassa o la Cova Fumada.

Si es absurdo y de mal viajero querer buscar Barcelona en Nueva York, cabe decir que, más allá de los tópicos, a veces es difícil encontrar Nueva York en Nueva York. El fenómeno conocido como gentrification originalmente tenía como objetivo transformar los barrios degradados en zonas habitables para la clase media o alta, pero el ascenso astronómico de los precios de la vivienda termina por corromper  los barrios populares y subasta los de clase media y alta entre las clases extraterrestres. El centro de Manhattan ya es una ciudad de atrezo. El Raval, un barrio en destrucción. De tanto ponerse guapa, Barcelona corre el mismo peligro que Nueva York.

Emigré, como muchos, porque mi trabajo no estaba a la altura de mi alquiler. Al volver a Barcelona, aunque sea de vacaciones, no quiero encontrarme con una ciudad con la fisonomía deformada por el exceso de líftings y silicona, una ciudad que por querer ser capital y metrópolis reniegue de su personalidad provinciana: una Barcelona gentrificada, o bien balearizada, donde sea difícil encontrar a Barcelona. De vuelta a casa, en el metro, me encuentro a un grupo de turistas catalanas con el plano de la ciudad desplegado. Una de ellas me pregunta, en inglés, si van en la dirección adecuada. Le respondo también en inglés: han venido a descubrir Nueva York y no seré yo quien les agüe la fiesta. ¿Balearización, gentrificación, globalización? No es lo mismo viajar que mirar el Google Maps.

El mar no aleja, sino que une

Cuando extraño Barcelona, y ya hace años que me he acostumbrado a convivir con esta añoranza, tengo dos opciones: o llamar con el Skype a la familia o a los amigos, o ir a visitar a mi amiga Mary Ann.

Mary Ann Newman, catalanófila, traductora, entre otros, de Josep Carner y Quim Monzó; autora, entre muchas otras cosas, de su propia fantasía barcelonesa y neoyorquina en las páginas de esta revista (número 89), siente un amor tan grande por Barcelona y por la cultura catalana como el océano que las separa de Nueva York. Además de todas las personas e instituciones que trabajan por establecer conexiones entre una ciudad y la otra, además de puentes aéreos y delegaciones del gobierno, esta galardonada con la Creu de Sant Jordi –con ademán de eterna estudiante– me habla desde el terrado de su casa en Chelsea de The Farragut Fund for Catalan Culture in the U.S., que ella misma ha creado, o del BCN-NYC Urban Bridge, el año de la arquitectura catalana en Nueva York, que impulsa su fundación; me habla de proyectos y de cosas por hacer.

Para alguien como yo, que dejó su ciudad y su país hace años, a veces es difícil entender que alguien más se sienta tan atraído por ellos. La generosidad de Mary Ann Newman nos recuerda que el mar no aleja, sino que une, y que quizás solo por eso hay que vivir a la orilla del mar.

Melcion Mateu

Poeta y traductor. Universidad de Nueva York. Autor de Illes lligades, premio Jocs Florals 2014

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