Anarquismo y represión en la Barcelona de finales del siglo XIX

24 noviembre, 2016 | Barceloneses, Insólito

El domingo 7 de junio de 1896 se celebraba una procesión de la octava del Corpus en Barcelona. Hacia las nueve y cuarto de la noche, cuando el cortejo pasaba por la calle de los Canvis Nous, de camino a Santa Maria del Mar, a la altura de la calle de las Arenes dels Canvis, estalló una bomba Orsini lanzada desde una azotea. Murieron doce personas, y unas cincuenta más resultaron heridas. La investigación de la autoría de este atentado se convirtió en una gran campaña de represión del movimiento obrero en general y del anarquismo en particular. Cientos de personas fueron detenidas y encarceladas, y cinco hombres, inocentes, fueron ejecutados. La causa judicial y política de estos hechos ha pasado a la historia con el nombre de proceso de Montjuïc.

En realidad, nunca se supo a ciencia cierta quién fue el autor de aquel atentado, pero el Castillo de Montjuïc se convirtió en una prisión insalubre y en un espacio de tortura para varios cientos de personas, la gran mayoría de las cuales no habían cometido otro delito que pertenecer al movimiento obrero o al colectivo anarquista. Lo que se conoció como atentado de los Canvis Nous fue el último de los tres grandes ataques anarquistas que hubo en Barcelona entre 1893 y 1896. Aunque no parece que estuvieran pensados así, atacaron a los tres grandes “enemigos” del anarquismo: el Ejército, la burguesía y la Iglesia. Estos tres atentados, contra el general Martínez Campos, contra el Liceu y el de los Canvis Nous, no fueron los únicos que se produjeron en Barcelona a finales del siglo XIX. Entre los años 1884 y 1900 estallaron unos sesenta artefactos, que causaron 38 muertos.

Para poder entender el porqué de esta conflictividad, hay que ver cómo era la sociedad de aquellos años. Había grandes desigualdades entre los trabajadores y las clases acomodadas. La burguesía vivía una vida fácil, alegre e incluso frívola, y su máximo exponente era el Liceu, donde las clases acomodadas hacían gala de un lujo muy alejado del día a día de la mayoría de la población. Los obreros eran pobres, tenían un alto nivel de analfabetismo y pocas posibilidades de progresar. Además, la mayoría tenían que vivir hacinados en habitáculos insalubres; muchas familias vivían juntas en un solo espacio, donde se desarrollaba toda la vida: cocinar, comer, limpiar, dormir…, todo en una única habitación, donde tenían que convivir las parejas con los hijos y, muchas veces, con algún otro familiar de la pareja. Los niños empezaban a trabajar entre los 8 y los 10 años, y la esperanza de vida era bastante baja.

Mientras que Barcelona era una ciudad dinámica e inquieta, que crecía con un urbanismo expansivo y desordenado y notables contradicciones sociales, España era un país aún agrario, que estaba en guerra con Cuba y comenzaba otro conflicto bélico en las Filipinas. Y Cataluña vivía la grave crisis de la filoxera, pero con una sociedad que empezaba a agruparse para protestar contra los aranceles abusivos, para celebrar el Primero de Mayo o para promover un catalanismo incipiente.

En este contexto, como explica el historiador Antoni Dalmau, comisario de la exposición “El proceso de Montjuïc. Anarquismo y represión en la Barcelona de finales del siglo XIX”: “Todo ello configuraba una base social potencialmente explosiva, que convivía con los afanes regeneracionistas del asociacionismo obrero, de los ateneos y centros populares, del movimiento claveriano, de la prensa anarquista…”. El mismo Dalmau explica a través de la exposición: “Al inicio de la última década del siglo XIX, el movimiento obrero, mayoritariamente libertario, se orientó hacia la táctica de las huelgas generales. Pero la respuesta brutal de los gobiernos oligárquicos de la Restauración radicalizó las posturas y alimentó las tesis de los grupos partidarios de las acciones violentas.”


En menos de dos meses, en el año 1893, Barcelona vivió dos graves atentados. El de la Gran Vía y el del Liceu. El día 24 de septiembre había una parada militar en la Gran Vía con motivo de la celebración de las Fiestas de La Mercè. Uno de los asistentes era el capitán general de Cataluña, Arsenio Martínez Campos. En un momento dado, el anarquista Paulí Pallàs lanzó dos bombas Orsini a los pies del caballo del general. Martínez Campos se salvó, pero murió una persona, y dieciséis más resultaron heridas. La policía detuvo inmediatamente a Pallàs, que tampoco intentó huir. Fue juzgado, condenado a muerte y fusilado en el Castillo de Montjuïc el 6 de octubre, menos de quince días después del atentado. Aunque Pallàs confesó, la policía quiso buscar sus cómplices, y sin pruebas, se detuvieron, juzgaron y condenaron a muerte seis personas inocentes, que fueron fusiladas el 21 de mayo de 1894.

El 7 de noviembre de 1893 se estrenaba la temporada de ópera en el Liceu con la representación de Guillaume Tell, de Rossini. Un rato después de haber comenzado el segundo acto, el anarquista Santiago Salvador Franch lanzó dos bombas Orsini desde el quinto piso del teatro contra el patio de butacas. Aunque la segunda bomba no llegó a estallar, hubo 20 víctimas mortales y 27 personas heridas. Salvador estuvo un rato viendo el resultado de su acto desde el exterior del Liceu y luego huyó. Lo detuvo la policía en Zaragoza el día 1 de enero de 1894. Juzgado y condenado a muerte, fue ajusticiado con el método del garrote vil en el patio de los Corders de la prisión de Amàlia el 21 de noviembre de 1894. La represión policial llevó a la detención de, al menos, 415 personas. De los atentados de aquella época, este es el más recordado, gracias a la novela de Ignasi Agustí, Mariona Rebull, llevada también al cine y a la televisión.

No habían pasado ni tres años de estos dos hechos, cuando hubo el atentado de la calle de los Canvis Nous durante la procesión del Corpus. Aunque no se llegó a saber nunca quién fue su autor, la policía llevó a cabo numerosas detenciones entre los colectivos de anarquistas y también, pero en menor grado, entre los librepensadores y los republicanos. Asimismo, se clausuraron casi todos los centros obreros y los periódicos anarquistas. Antoni Dalmau, que ha estudiado estos hechos a fondo, asegura que muchos de los detenidos “quedarían meses y meses en prisión sin ni siquiera ser interrogados: 558 están atestados documentalmente, entre ellos 15 mujeres, pero la cifra real podría acercarse al millar”.

El Castillo de Montjuïc fue la cárcel donde fueron a parar todos estos detenidos. Según Dalmau, “las condiciones de la prisión fueron ignominiosas”. Y añade: “Se amontonaban en calabozos sucios, húmedos, llenos de ratas y de moscas, con colchonetas pobladas de piojos.” El mismo historiador afirma: “Ante la imposibilidad de encontrar a los auténticos responsables del atentado, alguien decidió que era necesario fijar un guion y señalar a culpables. Para hacerlo posible, para arrancar las confesiones y las delaciones necesarias, a partir del 4 de agosto comenzó la práctica regular de la tortura.” El proceso se cerró con cinco penas de muerte para los considerados autores directos y penas temporales para los cómplices. Los otros 62 encausados fueron absueltos. Propusieron también 194 extrañamientos del Reino y 8 expulsiones de extranjeros.

Lo que pasaba en el interior del castillo no llegó a la opinión pública hasta meses después. Gracias a alguno de los presos que consiguieron salir del penal, se fue conociendo todo, y hubo una campaña internacional de denuncia y protesta, que reclamaba la revisión de la causa. Finalmente solo se obtuvo un indulto para presos y exiliados, que se hizo efectivo en 1900. Los torturadores, que fueron ocho hombres, militares y miembros de la Guardia Civil, acabaron siendo recompensados a propuesta del capitán general.

El Castillo de Montjuïc presenta la exposición “El proceso de Montjuïc. Anarquismo y represión en la Barcelona de finales del siglo XIX”, con el objetivo de difundir este episodio dramático de la historia de la ciudad que no es suficientemente conocido. Se puede visitar hasta el 28 de febrero de 2017.

Pies de foto: Momento en el que estalla una de las bombas lanzadas por Santiago Salvador al patio de butacas del Liceu, el 7 de noviembre de 1893. Dibujo de Pau Febrés Yll – Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona. | Obreros pesando balas de algodón en el puerto de Barcelona. Al fondo se ve Santa Maria del Mar. Autor: Frederic Ballell. Archivo Fotográfico de Barcelona. | Reproducción de una bomba Orsini mostrada en la exposición. | Representación del estallido de la bomba del atentado contra el general Martínez Campos en la exposición. | Fichas de algunos de los detenidos que se pueden ver en las vitrinas de la exposición. | Ejecución con el método del garrote vil de Santiago Salvador en el patio de los Corders. Dibujo de Pau Febrés Yll – Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona. | Fusilamiento en Montjuïc de cinco obreros anarquistas acusados del atentado de la calle de los Canvis Nous. Dibujo de Joan Pellicer Montseny – Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona. | Presos indultados en 1900. Suplemento de La Revista Blanca, 19 de mayo de 1900. Ateneo Enciclopédico Popular.